La leyenda de Peña Citores

Hace muchos años, no se sabe cuántos, vivían en el pinar, junto a la confluencia de dos arroyos, en sitio encantador, que aún hoy existe, dos hermanas nombradas Raimunda y Leocadia. Raimunda tenía seis hijos de tierna edad y era viuda y Leocadia estaba soltera y poseía una hermosura que admiraba a cuantos la contemplaban.

Hermanas y pequeños vivían del producto de su hato de ovejas y cabras. Leocadia era la encargada de sacar a pastar el rebaño todos los días. Dependiendo de las estaciones del año, bajaba a los valles en invierno, huyendo de las nieves, o bien ascendía a la montaña en busca de la fina y fresca yerba que en ella crece entre sus riscos y matorrales, cuando las calores del estío abrasan la llanura.

Un maravilloso día de primavera, un rey, no se sabe cuál, andaba de caza, junto a otros nobles caballeros, por los quebrados vericuetos de los pinares. En su ansia por cobrarse una pieza, el rey, se alejó de sus acompañantes a galope tendido.

Salvó hondonadas, matorrales y quebraduras, hasta que el noble bruto, cayó para no levantarse más entre unas rocas, arrastrando en su caída al rey, quien, por fortuna, no sufrió daño alguno.
Casualidad de la vida, Leocadia, nuestra joven pastora, presenció el suceso desde un altozano donde triscaba el ganado. Presta corrió a socorrer al infortunado creyéndole un caballero extraviado en la espesura del bosque.

-¿Os habéis herido señor?- preguntó la garrida doncella con dulce y compasiva voz.
El rey que ya estaba en pie, quedose prendado recreándose en la singular belleza de Leocadia, la cual se ruborizó avergonzada.
-Gracias te doy- la respondió el monarca por ese interés que muestras hacia mí: pero, dime, quién eres; ¿habitas quizá en este bosque?

La joven explicó que así era y que junto a su hermana e hijos guardaban ovejas y cabras.

El rey embelesado, se olvidó de los acompañantes que estarían buscándole y temiendo lo peor, habló a la joven de amores.

Ella, cándida paloma de aquellos bosques, dio, incauta, oído, a su vez deslumbrada también por la apostura, arrogancia y lujoso atavío del monarca.

Advertido el rey de la cercanía de la comitiva cuyos sabuesos habían olido el rastro, pidió cita a la bellas pastora, en qué lugar de estos contornos estarás mañana al mediodía, para postrarme a tus pies y adorarte recreándome en la contemplación de tu sin igual hermosura.

Ella le contesto que le esperaría en la cumbre de la montaña. Ligera como una corza, se alejó Leocadia saltando por los breñales.

Al día siguiente la zagala esperaba en las altas rocas, inquieta, temerosa como inocente corderilla cuyo instinto adviértela que un peligro la amenaza.

Llegó el rey en soberbio corcel, al verle Leocadia, emocionada, sonrió y dos lagrimas asomaron en sus bellos ojos.
El rey corrió hacia ella y la estrecho entre sus brazos. Leocadia tuvo miedo, se disipó su emoción como por encanto, y apartándose rápida del para ella osado caballero, roja como una amapola, vergonzosa, apesarada, llorando, cayó de rodillas, encomendándose con ardoroso acento a la Virgen santa.
Fue entonces que del cielo bajaron dos querubines resplandecientes. El rey y Leocadia caen a tierra sumidos en un sueño, despertando el rey, en su palacio, lleno de arrugas y de canas, y Leocadia, en una celda de un monasterio entre guirnaldas de silvestres rosas, peonías y ramas de lirios, nardos y violetas.
Esta es la historia que relato un pastor que, a su vez, escuchó de una anciana del pueblo de Balsaín.
La cumbre de la montaña donde se obró el prodigio, y después toda la montaña, fue conocida, andando los años, con el nombre de Peña-citó-rex, en memoria de la cita que al rey dio la incauta y hermosísima pastora de los agrestes pinares de Balsaín, siendo también bautizado el sitio encantador donde confluyen dos cristalinos arroyos, y en el cual habitaron Raimunda y Leocadia, con la denominación de Dos Hermanas.


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